Los domingos alguien me lee la semana.
No es un amigo. No es un terapeuta. Es una app que construí yo — y últimamente me está diciendo algo que no quiero oír.

Los domingos alguien me sienta y me lee la semana. Me dice a qué volví sin darme cuenta, qué repetí, qué esquivé. Cosas que estaban ahí los siete días y que yo no vi.
No es un amigo. No es un terapeuta. Es una app que construí yo.
Y últimamente me repite lo mismo: que estoy demasiado metido en el trabajo. Tiene su guasa, porque siendo autónomo tampoco es que tenga mucha alternativa — o lo sacas tú adelante, o no lo saca nadie. Pero el aviso está ahí, domingo tras domingo, y ya no puedo hacer como que no lo he leído.
Tisbo existe justo por esto. Porque yo necesitaba que algo me leyera y no encontraba cómo.
Lo intenté por las bravas, como todo el mundo. Cuaderno bonito, toda la intención del mundo, sentarme a escribir. Dos días. Al tercero, el cuaderno al cajón. Y no era falta de ganas: escribir un diario, cuando llegas reventado, es una tarea más. Y es la primera que se cae.
Pero yo quería leerme igual. Así que tiré del horóscopo. Del tarot. De la numerología. Y también de los estoicos, que llevo tres años leyendo una reflexión al día en el Diario para estoicos. Cada uno por su lado me daba algo: una perspectiva, una excusa para pararme un segundo sobre algo que normalmente pasaba de largo. Pero todos se me quedaban cortos. Con una sola forma de mirarte no te ves entero. Me faltaban ángulos.
Y ahí caí: si a mí escribir no me duraba dos días, no debía de ser el único.
Así que lo hice al revés. En Tisbo no escribes: respondes. Una pregunta al día, de lunes a sábado. Una. Eliges, deslizas, marcas lo que más se te parece hoy, y sigues con tu vida. Tarda menos que leer este párrafo. Pero se queda.
Y el domingo, todo eso vuelve. Junto y delante de ti.
Las 44 lentes son justo lo que a mí me faltaba: 44 formas distintas de mirarte, repartidas en cinco familias. Unas parten de lo que haces y repites. Otras tiran de lenguajes más viejos —sí, el tarot, el horóscopo y la numerología están dentro; no los tiré, los puse a trabajar— para llegar al mismo sitio por otro camino. Ninguna te dice quién eres. Te dan un ángulo que no tenías y te dejan a ti sacar las conclusiones.
Tisbo, además, es Arcenith en pequeño. Arcenith es el gran cambio de mi vida: hacer mi camino, probar, equivocarme, caerme, levantarme y aprender, sin que nadie me diga que esto se hace así porque siempre se ha hecho así. Y Tisbo ha sido exactamente eso: caerme y rehacer, pelearme con el producto, pensarlo entero desde cero. No es solo una app que he construido. Es la prueba de que el camino que elegí lleva a algún sitio.
Por eso hay una cosa que no voy a hacer: romper su esencia para conseguir suscripciones. Si algún día tengo que elegir entre que Tisbo crezca y que Tisbo siga siendo lo que es, elijo lo segundo. Prefiero una cosa bien hecha que diez a medias.
Y luego está lo otro. Lo que de verdad cuesta.
Cuando algo te pone la semana delante, sin adornos, te toca mirar. Y a veces lo que ves no te gusta: que el que se está pasando de frenada eres tú, que eso que te molesta lo llevas puesto tú. A veces las cosas están en ti, y no es culpa de los demás. Es mucho más cómodo pensar que el problema siempre está fuera.
Tisbo no te va a convertir en otra persona. Solo te devuelve, cada semana, una versión tuya que no habías mirado.
Yo llevo un tiempo leyéndome con él. Y no siempre me gusta lo que leo — pero por fin lo leo.
Si a ti también se te mueren los diarios en un cajón, dale una oportunidad.
PRUEBA TISBO →— Oscar García ·Arcenith