12 años construyendo producto: lo que no se ve.
Doce años. Apps con millones de usuarios. Una App del día. Y el «claro que sí, guapi» que petó en toda España. Eso es lo que se ve. Debajo hay otra historia.

En mi CV pone cosas bonitas. Doce años construyendo producto. Apps con millones de usuarios. Una App del día. Haber estado dentro del «claro que sí, guapi» cuando lo petó en toda España. Y es verdad, todo eso pasó.
Pero es la foto de postal. Debajo hay otra cosa que no se cuenta, y hoy me apetece contarla.
Lo que no se ve es la presión. Que un error tuyo, uno tonto, le puede costar miles de euros a la empresa. Las horas de más que no aparecen en ninguna nómina. Los compañeros que te miran por encima del hombro y se llenan la boca de tecnicismos porque necesitan sentirse superiores, mientras tú solo intentas hablar claro. Los juegos de poder, las guerras internas, todo ese teatro que luego se queda en nada.
Te mandan al extranjero y suena genial —y en parte lo es— pero también es aterrizar en el equipo más infravalorado, ese que genera envidia y rechazo a partes iguales sin comerlo ni beberlo.
Yo cometí uno de esos errores. Uno de mis grandes pequeños fallos: hice algo rápido y mal, y le costó a la empresa unos cuantos miles de euros. Recuerdo a mi jefe acercándose. No venía a gritar. Vino sonriendo y me dijo: «No te voy a regañar. Solo quiero que veas la repercusión de hacer las cosas rápido y mal. Estoy seguro de que no lo vas a repetir». No lo repetí. Y aprendí más ese día que en mil discusiones.
Pero la lección más dura vino después. Y es esta:
Las empresas de otros no se heredan.
Entras con toda la ilusión del mundo. Lo das todo y un poco más. Horas de tu vida, tu pelo, tu salud. Te crees parte de aquello, y crees que aquello es parte de ti. Hasta que un día alguien juega mejor sus cartas y te llega la carta de despido. Y ya está. No hay más. Bueno, sí: está el finiquito, que oye, siempre viene bien. Con aquel me operé la vista. Fuera gafas.
Suena amargo, pero no lo es. Porque de todos esos sitios me llevé cosas que no tienen precio: amigos para siempre, risas, momentos, lecciones de oficio y lecciones de vida. Y eso no me lo quita ningún despido.
Por eso lo tengo claro: nada es eterno. Toca dar siempre lo mejor de ti, hacer tu trabajo bien, y cuando llegue el día, marcharte con una sonrisa y dando las gracias por todo el tiempo vivido.
¿Y por qué lo cuento ahora? Porque tenía ganas de abrirme. Perder el miedo al qué dirán te hace libre de decir lo que piensas sin pedir permiso. Estos doce años son doce de mil y un aprendizajes, con sus más y sus menos, con finales felices y otros que no lo fueron tanto. Y todos, absolutamente todos, me han hecho más honesto conmigo mismo y con lo que hago.
Arcenith Studio es justo eso: la libertad de ser yo, sin ataduras. Doce años me trajeron hasta aquí. Ahora toca construir a mi manera.
— Oscar García ·Arcenith